2008-09-17

Tan deprisa, tan despacio.


¡Vaya verano!. Como dos fases de aceite y agua (acuosa y orgánica), inmiscibles y continuas.
Comenzó con un par de semanas de vacaciones "de pueblo". Curiosamente no fue mi pueblo, sino el de ella (... la más bella :-) ) donde la piscina, la peña y la petanca se sucedían con calma y sin pausa entre el regocijo que proporcionaban los buenos alimentos.
Las excursiones se salpicaban entre los días y las noches. Nos bañamos en un río escondido en un cañón de piedra caliza, visitamos el subsuelo de Alcañiz y, como no, estuvimos haciendo cola y poniéndonos morenitos bajo el sol de la Expo de Zaragoza. Tranquilidad, emoción y muy buenos alimentos.
Un paréntesis de un día y mil kilómetros nos llevaron a la orilla del Atlántico, donde el sol, cuando duerme, se arropa con el mar. ¿Que tendrá el mar, y concretamente la playa para, aun estando llena, resulte tan serena (y en ocasiones tan movida)?. Los alrededores de Chipiona y Rota fueron el escenario. El Tito Isaac y María nuestros impagables anfitriones. Calma, sosiego, una balsa de aceite.

Fue regresar a Madrid, ciudad con mayúsculas, sumidero de bullicio, y comenzar el trajín del día a día. Lío que ni en agosto descansa. Volver a la actividad y ganar la inercia necesaria para mantener el ritmo se antojaba como un despegue en cohete. Mis fluidos, mis humores, desplazados por semejante aceleración están, aun hoy, volviendo a encontrar su sitio.
Tan deprisa, tan despacio, que hasta hoy no había encontrado el como contar, desde aquí, algo.

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