2012-04-18

Ti Vitoria

Mi abuela, conocida en el pueblo como "la Ti Vitoria", era una persona peculiar. (Lo de "Ti" es una especie de grado que tienen los abuelos en mi pueblo). Sonriente y asertiva, pero con un genio capaz de tumbar a un gigante. Pequeña y fina, como la sardina, que le gustaba decir, pero dura como un clavo oxidado, de los que antes pierden la cabeza que dejarse sacar de la madera en la que habitan.
De mi Abuela aprendí a jugar fuerte pero dejar las mejores cartas para el momento clave. A que la impaciencia, según y como, podía ser una virtud. A entender que rendirse no es una opción y que cuando no puedes más, "se hace un poder". A no dejarme "engatusar", que los envoltorios más bonitos, no siempre traen regalos. Y sobre todo, a ver que toda moneda tiene una cara y, aunque no se la veamos, también tiene una cruz.
Varias veces oímos decir a distintos médicos, "de esta noche no pasa" y siempre pasaba, salia y se recuperaba. Hasta que, este año, una serie de complicaciones fueron haciendo mella sobre ella y, en abril, se nos fue. Aun recuerdo la llamada de mi hermana diciéndomelo. No me lo podía creer, era poco menos que imposible, tuve que preguntarle "¿de verdad?", como si aquello fuese reversible. Y, conociendo a la Abuela, me hubiese esperado que, con su genio, hubiese espantado a la mismísima muerte.
Quería haber escrito de ello antes, pero no supe como. Y tampoco era capaz de escribir otra cosa sin haber escrito esta. Y ahora, volviendo a Madrid para estar con mi familia, me acuerdo de ella. Abuela, te echo de menos. 
Hay mucho más de ti en mi de lo que me pensaba, y has tenido que irte para que me diese cuenta. Abuela, te seguiré echando de menos, mucho tiempo.

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